Uno. Es muy común cuando estamos en un proceso selectivo para un puesto de trabajo la visita al psicólogo de la empresa. Por lo general se limitan a hacernos varias preguntas estúpidas y, si acaso, nos hacen el Test del Árbol. Tú, que estás hasta las narices de aguantar tontunas, te lo tomas un poco a cachondeo eso de pintar un arbolico en menos de media hora y trazas lo primero que se te viene a la cabeza… Pues acabas de caer en la trampa. El del árbol es un test proyectivo de la personalidad profunda, y por mucho que pienses que las apreciaciones psicológicas tienen el mismo valor científico que las pulseras power balance o las cartas del tarot, estás jodido porque ese brujo de la mente es quien redacta el informe que ha de dejarte o no pasar al siguiente nivel.
no hay enemigo pequeño
La columna de ideas, artículos, reflexiones y textos en general de Juan García Rodenas
26 febrero 2012
Tres chispazos rumiables
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19 febrero 2012
Supergintonics
Tiene cierta gracia la tontería que se lleva en esta ciudad con los gintonic de un tiempo a esta parte. Eso, y que ahora un bar de tapas se llama "gastrobar", aunque eso da para otra columna. El caso es que llevo un año viendo como en las estanterías de detrás de la barra surgen como setas botellas de ginebra de auténtica fantasía, de mil y una destilaciones, sabores y graduaciones. Las tónicas tampoco van a la zaga, claro, y han aparecido botellitas chiquiticas de esta bebida con quinina específicas para cada ginebra. Y qué decir del acompañamiento. La pobre pero lustrosa rodaja de limón ha dado paso a toda una ensalada en copa, que a veces dan ganas de pedir un tenedor.
La tontería gintonística ha sustituido, en cierto modo, a la del vino, pues no hace tanto que los gastrobares eran vinoteras, y así, para echarte una copeja con una tapa podías volverte loco entre tanta decantación, taninos y tipos de uva. Al final, pijo, pues pedías una mahou y listo. Así que los "entendidos" de vinos han dado paso a los "entendidos" en ginebras, y para echarte un cubata casi tienes que resolver el sudoku de qué ginera va con qué tónica va con qué pepino. Hasta que ya no puedes más y pides una Larios, y si vas en plan exquisito, una Larios de la botella azul.
Como catacaldos que es uno, no he podido resistirme a probar estos inventos, y como divertimento son fabulosos. Un gintonic de fantasía favorece la juguesca en la sobremesa, y supongo que quien tenga el paladar fino pues apreciará un sabor u otro, las hierbas estas o aquellas. Desde luego -disculpen el primitivismo de mi sentido del gusto-, yo solo aprecio el está bueno/malo y el ardor de estómago sí/no. Y como yo, hay más, medianías sibaríticas que jamás se atreverían a reconocer que no distinguen la Citadel del Nenuco. Y es que tampoco me interesa figurar como el catador experto del grupo, figura noble donde las haya, y útil cuando de impresionar a visitas y recias forasteras se trata, pero que, más allá de la hora de las copas, no tiene ningún fuste ni conversación.
Pero, más que expertos, lo que estoy viendo son verdaderos frikis de las ginebras, que te hablan como si las botellas las hubieran traído ellos de allende los mares, o fueran el fruto de su destilería familiar, y te dan la murga con que si el pepino salvaje africano no va con la Zanguanguer Triple Premium porque su especia predominante es el baladre canadiense, y que hay que acompañarla con una tónica Jarl, de 0,64 grados de alcohol, vertida en chorros cortos mientras cantas el Beth de Kiss. Que esto lo haga el camarero puede tener un pase, a fin de cuentas te está vendiendo su producto, pero que el coñazo te lo dé un amigo, o peor, el amigo de un amigo que tú no conoces de nada, es merecedor de una buena hostia. O mejor, de pedir una Gordons con Nordic para que se divida por cero.
Lo más impresionante llega a la hora de pagar, y puesto que estos cubatas no son de Sheriton, depende del sitio en el que estés –en Albacete, el código postal determina el precio final de las consumiciones- te pueden pegar un sablazo de esos de pedir el ticket para enmarcarlo y colgarlo en la pared junto a las fotos del viaje de novios a Grecia. Que cada uno con sus perras puede hacer lo que se salga de las narices, pero digo yo que un poco de indignación habría que mostrar cuando el amable dueño del local te trae el recibo de su nueva piscina para que se lo pagues, en lugar de aflojar la mosca con la satisfacción de creerte un nuevo gurú de la ginebra con tónica.
Y lo que tiene más pelendengues, más todavía, es que si mirásemos bien los vasos/copas en los que nos echan los supergintonics, veríamos que, como siempre, y sin que importe si el alcohol es de marca o Hacendado, estamos pagando por enormes hexaedros de agua congelada. Vamos, que el cubata tiene más hielo que el que hundió el Titanic. Un hielo carísimo, eso sí. Premium.
El Pueblo de Albacete, 19 de febrero de 2012
La tontería gintonística ha sustituido, en cierto modo, a la del vino, pues no hace tanto que los gastrobares eran vinoteras, y así, para echarte una copeja con una tapa podías volverte loco entre tanta decantación, taninos y tipos de uva. Al final, pijo, pues pedías una mahou y listo. Así que los "entendidos" de vinos han dado paso a los "entendidos" en ginebras, y para echarte un cubata casi tienes que resolver el sudoku de qué ginera va con qué tónica va con qué pepino. Hasta que ya no puedes más y pides una Larios, y si vas en plan exquisito, una Larios de la botella azul.
Como catacaldos que es uno, no he podido resistirme a probar estos inventos, y como divertimento son fabulosos. Un gintonic de fantasía favorece la juguesca en la sobremesa, y supongo que quien tenga el paladar fino pues apreciará un sabor u otro, las hierbas estas o aquellas. Desde luego -disculpen el primitivismo de mi sentido del gusto-, yo solo aprecio el está bueno/malo y el ardor de estómago sí/no. Y como yo, hay más, medianías sibaríticas que jamás se atreverían a reconocer que no distinguen la Citadel del Nenuco. Y es que tampoco me interesa figurar como el catador experto del grupo, figura noble donde las haya, y útil cuando de impresionar a visitas y recias forasteras se trata, pero que, más allá de la hora de las copas, no tiene ningún fuste ni conversación.
Pero, más que expertos, lo que estoy viendo son verdaderos frikis de las ginebras, que te hablan como si las botellas las hubieran traído ellos de allende los mares, o fueran el fruto de su destilería familiar, y te dan la murga con que si el pepino salvaje africano no va con la Zanguanguer Triple Premium porque su especia predominante es el baladre canadiense, y que hay que acompañarla con una tónica Jarl, de 0,64 grados de alcohol, vertida en chorros cortos mientras cantas el Beth de Kiss. Que esto lo haga el camarero puede tener un pase, a fin de cuentas te está vendiendo su producto, pero que el coñazo te lo dé un amigo, o peor, el amigo de un amigo que tú no conoces de nada, es merecedor de una buena hostia. O mejor, de pedir una Gordons con Nordic para que se divida por cero.
Lo más impresionante llega a la hora de pagar, y puesto que estos cubatas no son de Sheriton, depende del sitio en el que estés –en Albacete, el código postal determina el precio final de las consumiciones- te pueden pegar un sablazo de esos de pedir el ticket para enmarcarlo y colgarlo en la pared junto a las fotos del viaje de novios a Grecia. Que cada uno con sus perras puede hacer lo que se salga de las narices, pero digo yo que un poco de indignación habría que mostrar cuando el amable dueño del local te trae el recibo de su nueva piscina para que se lo pagues, en lugar de aflojar la mosca con la satisfacción de creerte un nuevo gurú de la ginebra con tónica.
Y lo que tiene más pelendengues, más todavía, es que si mirásemos bien los vasos/copas en los que nos echan los supergintonics, veríamos que, como siempre, y sin que importe si el alcohol es de marca o Hacendado, estamos pagando por enormes hexaedros de agua congelada. Vamos, que el cubata tiene más hielo que el que hundió el Titanic. Un hielo carísimo, eso sí. Premium.
El Pueblo de Albacete, 19 de febrero de 2012
12 febrero 2012
Hablar bien (no cuesta una mierda)
El otro día vi cómo una madre reprendía a su hijo, que no levantaba tres palmos del suelo, con la consabida imperativa “habla bien”. No sé qué había dicho el chiquillo para ganarse la amonestación materna, pero el caso es que hizo pensar en la frasecica de marras, en lo de hablar bien.
Tomen mi caso como ejemplo de cómo se llega a hablar bien o mal. Cuando tenía la edad de aquel mocoso mi dicción era perfecta y mi vocabulario algo más rico y formal que la media, seguramente gracias a los empachos de lectura que he tenido a bien meterme en el cuerpo desde que dilucidé aquello de la m con la ma. Así que ahí me tienen, de tierno infante bienhablado, que si no resultaba un bicho repelente –como muchos criaturos de ahora- era por culpa de la timidez patológica que también arrastro desde la cuna. Ese era yo, un crío correcto, y educado, de los de pedir las cosas por favor y dando muchas gracias y de nadas, en mi casa, con las visitas y en el colegio. Hasta que empezaron a lloverme las hostias.
Consideren que mi entorno social no era el mismo que el de, es un poner, las infantitas, donde a buen seguro aquellas capacidades hubieran resultado de lo más habitual, y aunque tampoco voy a contar aquí que me críe en el Bronx, lo cierto es que lo de leer libros por gusto no estaba demasiado bien visto en el barrio. Conque ya se pueden imaginar la clase de burlas y chistes que uno provocaba a poco que abriese la boca. A estas hostias psicológicas me refería yo -de las otras ya me cuidé yo de evitarlas-; las que hacen más daño a una mente prepúber. Uno, que ya tenía bastante con las gafas, los andares desgarbados y la torpeza deportiva extrema, no estaba dispuesto a ser humillado por esta vía, así que hubo que desaprender.
Tras mucho trabajo de observación e imitación, mi léxico hablado fue decayendo hasta los niveles medios de la manada escolar, con lo que logré cierto modo de integración en la tribu y una calma relativa. Hablar mal me incorporó a la sociedad.
Pasaron los años en paz, inmerso en la medianía, hasta que afloró el impulso adolescente de ser un ente único e irrepetible, y tras el lógico proceso del ensayo-error, al final concluí que aquello que no podía expresar verbalmente por miedo a las collejas, bien podía ponerlo por escrito y auparme en la individualidad. O lo que es lo mismo, a ver si es verdad que escribiendo se liga.
Y sí, pero no viene al caso ahora.
Podría extenderme a lo largo de treinta artículos contando la bipolaridad que supone poner por escrito palabras como lontananza, o bipolaridad, y luego hablar como Marcial Ruiz Escribano. Tampoco es que sea uno un Delibes, que los tiros no van por ahí, pero a la marcha, marcheta, se han ido consiguiendo cosas dándole a la tecla.
El principal problema de aquel camino de “normalización” social idiomática que emprendí es que no hay vuelta atrás. Ya no puedo desaprender lo desaprendido, ni reaprenderlo. Hay que joderse y bailar con la que queda, a pesar de que ese hablar bien me hubiera venido de perlas pasada la tontería juvenil, porque en el mundo adulto, como bien ejemplificaba la madre del primer párrafo, sí se valora y tiene utilidad. En la Universidad, en la cola del paro, en las oposiciones... No digamos ya para el tema de las relaciones interpersonales.
Pero no tiene sentido lamentarse por lo que pudo haber sido y no fue. Aplaudo a esa madre que, sin saberlo, le estaba allanado el futuro a su hijo, si bien hoy por hoy, en el patio, el crío se asegure ser el blanco de las mofas del resto de la clase. Dentro de veinte años ese zamarro podrá mirarles a los ojos y elegir entre decirles “vuestra manifiesta estulticia me resulta ofensiva” o soltarles un “veros a zurrir mierdas”. Que sí, que suena mejor lo segundo, pero en la posibilidad de elección está el gusto.
El Pueblo de Albacete, 12 de febrero de 2012
Tomen mi caso como ejemplo de cómo se llega a hablar bien o mal. Cuando tenía la edad de aquel mocoso mi dicción era perfecta y mi vocabulario algo más rico y formal que la media, seguramente gracias a los empachos de lectura que he tenido a bien meterme en el cuerpo desde que dilucidé aquello de la m con la ma. Así que ahí me tienen, de tierno infante bienhablado, que si no resultaba un bicho repelente –como muchos criaturos de ahora- era por culpa de la timidez patológica que también arrastro desde la cuna. Ese era yo, un crío correcto, y educado, de los de pedir las cosas por favor y dando muchas gracias y de nadas, en mi casa, con las visitas y en el colegio. Hasta que empezaron a lloverme las hostias.
Consideren que mi entorno social no era el mismo que el de, es un poner, las infantitas, donde a buen seguro aquellas capacidades hubieran resultado de lo más habitual, y aunque tampoco voy a contar aquí que me críe en el Bronx, lo cierto es que lo de leer libros por gusto no estaba demasiado bien visto en el barrio. Conque ya se pueden imaginar la clase de burlas y chistes que uno provocaba a poco que abriese la boca. A estas hostias psicológicas me refería yo -de las otras ya me cuidé yo de evitarlas-; las que hacen más daño a una mente prepúber. Uno, que ya tenía bastante con las gafas, los andares desgarbados y la torpeza deportiva extrema, no estaba dispuesto a ser humillado por esta vía, así que hubo que desaprender.
Tras mucho trabajo de observación e imitación, mi léxico hablado fue decayendo hasta los niveles medios de la manada escolar, con lo que logré cierto modo de integración en la tribu y una calma relativa. Hablar mal me incorporó a la sociedad.
Pasaron los años en paz, inmerso en la medianía, hasta que afloró el impulso adolescente de ser un ente único e irrepetible, y tras el lógico proceso del ensayo-error, al final concluí que aquello que no podía expresar verbalmente por miedo a las collejas, bien podía ponerlo por escrito y auparme en la individualidad. O lo que es lo mismo, a ver si es verdad que escribiendo se liga.
Y sí, pero no viene al caso ahora.
Podría extenderme a lo largo de treinta artículos contando la bipolaridad que supone poner por escrito palabras como lontananza, o bipolaridad, y luego hablar como Marcial Ruiz Escribano. Tampoco es que sea uno un Delibes, que los tiros no van por ahí, pero a la marcha, marcheta, se han ido consiguiendo cosas dándole a la tecla.
El principal problema de aquel camino de “normalización” social idiomática que emprendí es que no hay vuelta atrás. Ya no puedo desaprender lo desaprendido, ni reaprenderlo. Hay que joderse y bailar con la que queda, a pesar de que ese hablar bien me hubiera venido de perlas pasada la tontería juvenil, porque en el mundo adulto, como bien ejemplificaba la madre del primer párrafo, sí se valora y tiene utilidad. En la Universidad, en la cola del paro, en las oposiciones... No digamos ya para el tema de las relaciones interpersonales.
Pero no tiene sentido lamentarse por lo que pudo haber sido y no fue. Aplaudo a esa madre que, sin saberlo, le estaba allanado el futuro a su hijo, si bien hoy por hoy, en el patio, el crío se asegure ser el blanco de las mofas del resto de la clase. Dentro de veinte años ese zamarro podrá mirarles a los ojos y elegir entre decirles “vuestra manifiesta estulticia me resulta ofensiva” o soltarles un “veros a zurrir mierdas”. Que sí, que suena mejor lo segundo, pero en la posibilidad de elección está el gusto.
El Pueblo de Albacete, 12 de febrero de 2012
06 febrero 2012
Si lo escupe, te quiere. Si se lo traga, te ama
Muchas, las más de las veces, cuando pensamos en el intercambio de fluidos nuestras mentes abotargadas por el porno van directamente a pensar en los efluvios genitales, y sin embargo, los primeros que conocemos, los más habituales, los más ansiados, vienen a través de la boca, del beso. Beso francés, con lengua, a rosca-chapa, ese morreo con el que soñamos en la adolescencia y que cuando llega, joder, es orgasmático y adictivo. Queremos otro, y otro y, quizás, a la vez, un palpe de teta… Porque un buen beso con saliva y danza de lengua es lo más parecido a follar con los pantalones puestos.
La teoría de los vasos comunicantes nos dice que cuando vertemos un mismo fluido dentro de varios vasos de diferentes formas comunicados entre sí, la altura que alcanza el fluido es la misma para todos ellos. En un morreo en condiciones, sabemos que el precario equilibro de saliva se acaba rompiendo cuando uno de los dos traga más que el otro. Ese es el momento decisivo para saber quién domina la relación, quién será el dominado.
Pero antes de entrar en detalle, detengámonos en ese líquido corporal que nos echamos al cuerpo, el primero después de la leche materna. Sabemos desde aquellas clases de ciencias escolares que la saliva forma parte del proceso de la digestión, que la producen las glándulas salivales de la boca, que su composición es en un 99% agua y el resto, sales minerales y algunas proteínas —incluida, como veremos más adelante, la testosterona—. Una persona segrega entre 1 y 1,5 litros de saliva al día.
La saliva se traga o se escupe. El escupir siempre ha sido visto como una costumbre reprobable, de mala educación, y sin embargo, también es un hecho antropológico que se escupe, los hombres sobre todo, como un gesto de establecimiento de territorio, una manera de aparecer más fuerte y marcar su espacio.
En cuanto a tragar, la universidad de Albany realizó un exhaustivo estudio sobre la saliva y los besos, obteniendo importantes conclusiones. El morreo, cuanto más húmedo y con más lengua mejor, es una base de datos bioquímica que la hembra procesa inconsciente, pero sin piedad. Es su modo de obtener información sobre las condiciones físicas de cualquier candidato, así sea remoto, a padre de sus hijos. También los machos humanos pueden sonsacar con beso de tornillo hasta qué punto las zagalas son fértiles, incluso si están más cerca o más lejos de la menstruación. Según los de Albany, "como los hombres tienen menos sensibilidad bioquímica que las mujeres, necesitan muestras más grandes. Esto explicaría porque los hombres prefieren los besos de tornillo, hasta el fondo de la garganta, y con la boca abierta al máximo".
Es evidente que además de estas funciones de las que no somos conscientes, el beso supone un intercambio hormonal, donde el macho logra introducir testosterona en la boca de una mujer por el camino fácil, lo que mejora la receptividad sexual de ésta. O eso dicen los expertos.
La saliva, entonces, no sólo está relacionada directamente con la digestión, sino también con el acto sexuar. Lo que comienza como un escupitajo de lubricante gratuito y primigenio para las masturbaciones iniciáticas, acaba formando parte importante del sexo.
De hecho, existe la salirofilia, que Wikipedia nos explica que consiste en la excitación provocada por saborear fluidos corporales salados, como la transpiración, al ser escupido en el cuerpo o directamente en la boca, ingiriendo la saliva de la pareja. En el léxico angloparlante del sadomasoquismo, se le denomina comunmente spitting o silver shower (lluvia plateada), aunque también es una práctica realizada por actores y actrices de películas pornográficas con mayor o menor grado de contenido escatológico. Uno de los riesgos que conlleva esta práctica es la posibilidad de contraer mononucleosis; pero esto nos puede ocurrir con un simple besuqueo, que por algo se la conoce como enfermedad del beso.
La salirofilia puede derivar, o viajar en paralelo, al snowballing, práctica sexual familiar para los pornófilos, pero que el profano captará enseguida su significado con la mera traducción del nombre. Y es que en el cine porno de los últimos años la saliva ha cobrado gran relevancia por su componente psicológico guarrillo, sus propiedades lubricantes y su viscosidad y parecido con cierto fluido testicular.
Es curioso cómo algo tan biológicamente natural como la saliva nos perturba. Nos incomoda, nos da asco, o nos excita, nos pone cachondos como perros de Paulov. Nos remite a esa dicotomía de tragar o ser tragado. Escupir o ser escupido.
Pero nunca, nunca, dejar que se te caiga la baba.
El Pueblo de Albacete, 5 de febrero de 2012.
La teoría de los vasos comunicantes nos dice que cuando vertemos un mismo fluido dentro de varios vasos de diferentes formas comunicados entre sí, la altura que alcanza el fluido es la misma para todos ellos. En un morreo en condiciones, sabemos que el precario equilibro de saliva se acaba rompiendo cuando uno de los dos traga más que el otro. Ese es el momento decisivo para saber quién domina la relación, quién será el dominado.
Pero antes de entrar en detalle, detengámonos en ese líquido corporal que nos echamos al cuerpo, el primero después de la leche materna. Sabemos desde aquellas clases de ciencias escolares que la saliva forma parte del proceso de la digestión, que la producen las glándulas salivales de la boca, que su composición es en un 99% agua y el resto, sales minerales y algunas proteínas —incluida, como veremos más adelante, la testosterona—. Una persona segrega entre 1 y 1,5 litros de saliva al día.
La saliva se traga o se escupe. El escupir siempre ha sido visto como una costumbre reprobable, de mala educación, y sin embargo, también es un hecho antropológico que se escupe, los hombres sobre todo, como un gesto de establecimiento de territorio, una manera de aparecer más fuerte y marcar su espacio.
En cuanto a tragar, la universidad de Albany realizó un exhaustivo estudio sobre la saliva y los besos, obteniendo importantes conclusiones. El morreo, cuanto más húmedo y con más lengua mejor, es una base de datos bioquímica que la hembra procesa inconsciente, pero sin piedad. Es su modo de obtener información sobre las condiciones físicas de cualquier candidato, así sea remoto, a padre de sus hijos. También los machos humanos pueden sonsacar con beso de tornillo hasta qué punto las zagalas son fértiles, incluso si están más cerca o más lejos de la menstruación. Según los de Albany, "como los hombres tienen menos sensibilidad bioquímica que las mujeres, necesitan muestras más grandes. Esto explicaría porque los hombres prefieren los besos de tornillo, hasta el fondo de la garganta, y con la boca abierta al máximo".
Es evidente que además de estas funciones de las que no somos conscientes, el beso supone un intercambio hormonal, donde el macho logra introducir testosterona en la boca de una mujer por el camino fácil, lo que mejora la receptividad sexual de ésta. O eso dicen los expertos.
La saliva, entonces, no sólo está relacionada directamente con la digestión, sino también con el acto sexuar. Lo que comienza como un escupitajo de lubricante gratuito y primigenio para las masturbaciones iniciáticas, acaba formando parte importante del sexo.
De hecho, existe la salirofilia, que Wikipedia nos explica que consiste en la excitación provocada por saborear fluidos corporales salados, como la transpiración, al ser escupido en el cuerpo o directamente en la boca, ingiriendo la saliva de la pareja. En el léxico angloparlante del sadomasoquismo, se le denomina comunmente spitting o silver shower (lluvia plateada), aunque también es una práctica realizada por actores y actrices de películas pornográficas con mayor o menor grado de contenido escatológico. Uno de los riesgos que conlleva esta práctica es la posibilidad de contraer mononucleosis; pero esto nos puede ocurrir con un simple besuqueo, que por algo se la conoce como enfermedad del beso.
La salirofilia puede derivar, o viajar en paralelo, al snowballing, práctica sexual familiar para los pornófilos, pero que el profano captará enseguida su significado con la mera traducción del nombre. Y es que en el cine porno de los últimos años la saliva ha cobrado gran relevancia por su componente psicológico guarrillo, sus propiedades lubricantes y su viscosidad y parecido con cierto fluido testicular.
Es curioso cómo algo tan biológicamente natural como la saliva nos perturba. Nos incomoda, nos da asco, o nos excita, nos pone cachondos como perros de Paulov. Nos remite a esa dicotomía de tragar o ser tragado. Escupir o ser escupido.
Pero nunca, nunca, dejar que se te caiga la baba.
El Pueblo de Albacete, 5 de febrero de 2012.
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29 enero 2012
El Profesor Poopsnagle
La nostalgia, que en el fondo es otro modo de llamar a la mala memoria, nos juega malas pasadas. Creemos añorar algo del pasado no per se, sino por lo que representa, que suele ser, sobre todo, un yo más joven y con problemas más sencillos. Basta echar un vistazo ahora a aquello que nos empeñamos en malrecordar, para comprobar cómo nuestras expectativas caen a ras de suelo, y lo que en nuestra mente era bonito o entrañable, en realidad es un truño de proporciones bíblicas. El fenómeno de la nostalgia, explotado en esta década hasta la extenuación, y dado que el presente está bien jodido y el futuro pinta más negro que el sobaco de un grillo, nos está haciendo echar la vista atrás en busca de ese tiempo pasado que fue mejor. Así que están volviendo a nuestras vidas zurullos de los que ya creíamos que nos habíamos desecho, pero ahora recuperados, edulcorados y rediseñados para volver a hacernos pasar por caja, bajo aquel bonito principio mercantil de pagar dos veces por lo mismo.
Considérese todo este prólogo como una advertencia ante lo que viene a continuación, y que se resume en una sola frase: El profesor Poopsnagle y su autobús volador eran una mierda. Insisto en que no se dejen engañar por sus recuerdos de la infancia, por la dicharachera cancioncilla del bum-bum-chaca-chaca-bumbum. La cosa era un ñordo tal que haría vomitar al mismísimo Cthulhu.
Hagamos primero un somero repaso a la historia de esta serie para oligofrénicos que nos metieron cuando éramos críos, los de mi quinta.
La serie El profesor Poopsnagle y el secreto de las salamandras de oro empezó a emitirse en España en 1987 los sábados por la tarde. No contentos con esto, se volvió a emitir en 1991, y en 1992. Si les parecen muchas veces, sepan que en Reino Unido también tuvo tres pases, 1987, 1990 y 1998, y se la considera una serie de culto.
La cosa era una de esas extrañas coproducciones de los ochenta (1984), en las que se juntaban ocho o diez televisiones nacionales y se sacaban de la manga series para los nenes como Érase una vez… lo que fuera, Pumuki o La tía de Frankenstein. En este caso, Australia era la productora madre a la que se unió, entre otras, nuestra TVE. El profesor Poopsnagle era un spin-off de la serie El valle secreto (1980), ya que aparecían los personajes de aquella serie. Tiene guasa lo del remake porque El valle secreto fue un fracaso comercial en el Reino Unido. Es de suponer que no fue así en el resto de países coproductores y de ahí nació la casi inmediata secuela. El valle secreto iba de un campamento de verano y de sus insoportables y buenrollistas niños que luchaban cual indignados del 15M contra los especuladores y otra banda de zagales malvados, que querían cerrar el tinglado, y construir un macrocasino en Alcorcón o algo así.
El Profesor Poopsnagle… continuaba con las tramas ecocomunistas y los niños pelmas y multirraciales tal que así: el Doctor García -la aportación española resumida en José María Caffarel- decide irse en globo a Australia tras el cierre de Spanair, para encontrarse con su socio, el Profesor Poopsnagle, que ha inventado una fórmula que podría detener la polución del aire. Pero el profesor es secuestrado por el malvado conde Sator, ay, la nobleza, y sus esbirros.
Tras la desaparición de Poopsnagle, que encima es el abuelo de uno de los chicos de Valle Secreto, los críos ayudan a García a tunear su globo como una especie de autobús rojo pegado a un globo aerostático a vapor (el Megavapor). De esta manera comienza su búsqueda, a lo Código Da Vinci, para encontrar seis salamandras de oro, cada una de las cuales contiene el nombre de un mineral para la fórmula secreta. Criptografía pura.
Pues ya está. Luego son todo dar vueltas con el autobús volador, encuentra la salamandra, descifra la clave, ve a por otra salamandra, y bum-chaca-chaca-bumbum. Entre medias, las zancadillas del malo por boicotear el asunto, espiando y puteando al personal, con más gafe que fortuna. Ahí lo tienen. Si leído no parece gran cosa, visto es infumable. Interpretaciones de pena, efectos chuscos, diálogos dignos de una serie española, malos de opereta…
Y, lo peor de todo, que nos estamos comiendo su remake indirecto desde hace un año, pues qué es El barco de Antena 3 si no una variante marítima, musculada y patrocinada, como corresponde a un producto de nuestra época, del puñetero autobús volador. E igual de simple y estúpida.
Considérese todo este prólogo como una advertencia ante lo que viene a continuación, y que se resume en una sola frase: El profesor Poopsnagle y su autobús volador eran una mierda. Insisto en que no se dejen engañar por sus recuerdos de la infancia, por la dicharachera cancioncilla del bum-bum-chaca-chaca-bumbum. La cosa era un ñordo tal que haría vomitar al mismísimo Cthulhu.
Hagamos primero un somero repaso a la historia de esta serie para oligofrénicos que nos metieron cuando éramos críos, los de mi quinta.
La serie El profesor Poopsnagle y el secreto de las salamandras de oro empezó a emitirse en España en 1987 los sábados por la tarde. No contentos con esto, se volvió a emitir en 1991, y en 1992. Si les parecen muchas veces, sepan que en Reino Unido también tuvo tres pases, 1987, 1990 y 1998, y se la considera una serie de culto.
La cosa era una de esas extrañas coproducciones de los ochenta (1984), en las que se juntaban ocho o diez televisiones nacionales y se sacaban de la manga series para los nenes como Érase una vez… lo que fuera, Pumuki o La tía de Frankenstein. En este caso, Australia era la productora madre a la que se unió, entre otras, nuestra TVE. El profesor Poopsnagle era un spin-off de la serie El valle secreto (1980), ya que aparecían los personajes de aquella serie. Tiene guasa lo del remake porque El valle secreto fue un fracaso comercial en el Reino Unido. Es de suponer que no fue así en el resto de países coproductores y de ahí nació la casi inmediata secuela. El valle secreto iba de un campamento de verano y de sus insoportables y buenrollistas niños que luchaban cual indignados del 15M contra los especuladores y otra banda de zagales malvados, que querían cerrar el tinglado, y construir un macrocasino en Alcorcón o algo así.
El Profesor Poopsnagle… continuaba con las tramas ecocomunistas y los niños pelmas y multirraciales tal que así: el Doctor García -la aportación española resumida en José María Caffarel- decide irse en globo a Australia tras el cierre de Spanair, para encontrarse con su socio, el Profesor Poopsnagle, que ha inventado una fórmula que podría detener la polución del aire. Pero el profesor es secuestrado por el malvado conde Sator, ay, la nobleza, y sus esbirros.
Tras la desaparición de Poopsnagle, que encima es el abuelo de uno de los chicos de Valle Secreto, los críos ayudan a García a tunear su globo como una especie de autobús rojo pegado a un globo aerostático a vapor (el Megavapor). De esta manera comienza su búsqueda, a lo Código Da Vinci, para encontrar seis salamandras de oro, cada una de las cuales contiene el nombre de un mineral para la fórmula secreta. Criptografía pura.
Pues ya está. Luego son todo dar vueltas con el autobús volador, encuentra la salamandra, descifra la clave, ve a por otra salamandra, y bum-chaca-chaca-bumbum. Entre medias, las zancadillas del malo por boicotear el asunto, espiando y puteando al personal, con más gafe que fortuna. Ahí lo tienen. Si leído no parece gran cosa, visto es infumable. Interpretaciones de pena, efectos chuscos, diálogos dignos de una serie española, malos de opereta…
Y, lo peor de todo, que nos estamos comiendo su remake indirecto desde hace un año, pues qué es El barco de Antena 3 si no una variante marítima, musculada y patrocinada, como corresponde a un producto de nuestra época, del puñetero autobús volador. E igual de simple y estúpida.
El Pueblo de Albacete, 29 de enero de 2012
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22 enero 2012
Softcombat
Excalibur, Conan, Los señores del acero, Los inmortales… Grandes títulos con algo en común: espadas. La fascinación de un chiquillo por estas armas es inevitable. Cuando mides menos de un metro juegas con un palo, o con una tizona de plástico, y te enfrentas al caballero negro, al dragón, a los orcos. Luego creces y esta afición queda relegada a las consignas del mundo real, pero en tu interior sabes que queda latente un guerrero que pugna por salir. Pero claro, nadie con edad para votar juega con un palo, y mucho menos con una espada de plástico. Los adultos no jugamos con juguetes.
¿Entonces? ¿Cómo satisfacemos esa necesidad intrínseca? ¿Nos liberamos de la frustración o la asumimos como parte del proceso de la madurez? No. ¿Entonces qué?
Entonces está el softcombat.
En plan académico, o wikipédico, se define el softcombat como una actividad, juego, o deporte, en el que dos o más personas se enfrentan entre sí usando simulaciones inofensivas e indoloras de armas blancas, normalmente de gran tamaño, como espadas, hachas, lanzas, y escudos, fabricadas en látex y gomaespuma.
En versión corta es pelearse con espadas de coña.
La cosa parece que surge de la necesidad de los jugadores de rol en vivo de desarrollar un sistema de combate para sus partidas lo más auténtico, y real, posible, pero ha desembocado en toda una modalidad cuasi deportiva perfectamente organizada en asociaciones, federaciones y con todo tipo de campeonatos y mundiales. No hay salón del manga que se precie sin su correspondiente exhibición de softcombat. Combinando el modelismo —que es algo de adultos—, con reglas —lo que lo iguala a un deporte—, con algo de recreación histórica —lo que te aleja de la frikez pura y dura—, el softcombat trasciende del mero duelo de espaditas entre flipados de Juego de Tronos o de Rurouni Kenshin para convertirse en algo tan serio y respetable como la práctica del ajedrez.
A día de hoy no existe una reglamentación unificada para el softcombat, pero las asociaciones de jugadores andan trabajando en este sentido, empleando como base la taxonomía clásica de los juegos de rol para clasificar el tipo de armas (a una mano, a dos…), los niveles de los jugadores, o las tablas de daño. Tampoco existe un modelo único de armas, pero dado que la mayoría son de fabricación casera, y van de la cutrez más absoluta de la cinta americana, a los diseños ultracurrados de látex endurecido y pintado; del espadón a dos manos a las gigantescas catanas de Bleach; sí existe una serie de pautas para garantizar que el combate sea lo suficientemente “soft”. Según internet, las espadas estándar de una mano suelen tener medidas comprendidas entre los 80 y 100 centímetros de filo, con 20 centímetros de pomo. Por seguridad, la punta de la espada de softcombat no ha de tener ningún elemento rígido en la punta de su acolchado, a fin de permitir que la estocada de acometida sea segura.
Los jugadores se suelen ordenar en niveles, que se obtienen mediante puntos de experiencia, ganados, habitualmente, mediante retos o duelos, con presencia de un árbitro. Es una experiencia lo más próxima a la esgrima real —hay asociaciones que lo denominan “esgrima acolchada”—. A la hora de esgrimir una espada de gomaespuma hay que tener claro dónde puedes golpear y dónde no. Son válidas barriga, pecho, brazos y antebrazos, piernas, hombros y espalda. En caso de recibir un golpe válido en alguna extremidad, dejas de usarla. Cuando el jugador pierde dos brazos o dos piernas se le considera muerto.
Sintiéndolo mucho por los hijos de Cimmeria, no son válidos el culo, los pies, la entrepierna y el cuello. Si se recibe un golpe en alguna de estas partes, el que ha sido atacado deberá confirmar que ha sido no válido.
La cabeza es intocable. Los genitales también. Uno muere cuando recibe un determinado número de impactos o simplemente cuando es alcanzado en las zonas predeterminadas.
Existe una película americana, una comedieta grosero-simpática, intitulada en el reino Mal ejemplo (2008), protagonizada por Paul Rudd, el gilipollas de American Pie, y el crío gafotas de Supersalidos, donde todas las tramas se resuelven al final en la batalla de softcombat más grande jamás filmada, que no tiene nada que envidiarle a la carga Rohirrin de El Señor de los Anillos o al final de Alatriste.
Y ahora permitan que, mientras suena The Power of Thy Sword de Manowar, vaya ajustarle las cuentas a un Águila Roja. Quién necesita mujeres teniendo cinta americana.
El Pueblo de Albacete, 22 de enero de 2012
¿Entonces? ¿Cómo satisfacemos esa necesidad intrínseca? ¿Nos liberamos de la frustración o la asumimos como parte del proceso de la madurez? No. ¿Entonces qué?
Entonces está el softcombat.
En plan académico, o wikipédico, se define el softcombat como una actividad, juego, o deporte, en el que dos o más personas se enfrentan entre sí usando simulaciones inofensivas e indoloras de armas blancas, normalmente de gran tamaño, como espadas, hachas, lanzas, y escudos, fabricadas en látex y gomaespuma.
En versión corta es pelearse con espadas de coña.
La cosa parece que surge de la necesidad de los jugadores de rol en vivo de desarrollar un sistema de combate para sus partidas lo más auténtico, y real, posible, pero ha desembocado en toda una modalidad cuasi deportiva perfectamente organizada en asociaciones, federaciones y con todo tipo de campeonatos y mundiales. No hay salón del manga que se precie sin su correspondiente exhibición de softcombat. Combinando el modelismo —que es algo de adultos—, con reglas —lo que lo iguala a un deporte—, con algo de recreación histórica —lo que te aleja de la frikez pura y dura—, el softcombat trasciende del mero duelo de espaditas entre flipados de Juego de Tronos o de Rurouni Kenshin para convertirse en algo tan serio y respetable como la práctica del ajedrez.
A día de hoy no existe una reglamentación unificada para el softcombat, pero las asociaciones de jugadores andan trabajando en este sentido, empleando como base la taxonomía clásica de los juegos de rol para clasificar el tipo de armas (a una mano, a dos…), los niveles de los jugadores, o las tablas de daño. Tampoco existe un modelo único de armas, pero dado que la mayoría son de fabricación casera, y van de la cutrez más absoluta de la cinta americana, a los diseños ultracurrados de látex endurecido y pintado; del espadón a dos manos a las gigantescas catanas de Bleach; sí existe una serie de pautas para garantizar que el combate sea lo suficientemente “soft”. Según internet, las espadas estándar de una mano suelen tener medidas comprendidas entre los 80 y 100 centímetros de filo, con 20 centímetros de pomo. Por seguridad, la punta de la espada de softcombat no ha de tener ningún elemento rígido en la punta de su acolchado, a fin de permitir que la estocada de acometida sea segura.
Los jugadores se suelen ordenar en niveles, que se obtienen mediante puntos de experiencia, ganados, habitualmente, mediante retos o duelos, con presencia de un árbitro. Es una experiencia lo más próxima a la esgrima real —hay asociaciones que lo denominan “esgrima acolchada”—. A la hora de esgrimir una espada de gomaespuma hay que tener claro dónde puedes golpear y dónde no. Son válidas barriga, pecho, brazos y antebrazos, piernas, hombros y espalda. En caso de recibir un golpe válido en alguna extremidad, dejas de usarla. Cuando el jugador pierde dos brazos o dos piernas se le considera muerto.
Sintiéndolo mucho por los hijos de Cimmeria, no son válidos el culo, los pies, la entrepierna y el cuello. Si se recibe un golpe en alguna de estas partes, el que ha sido atacado deberá confirmar que ha sido no válido.
La cabeza es intocable. Los genitales también. Uno muere cuando recibe un determinado número de impactos o simplemente cuando es alcanzado en las zonas predeterminadas.
Existe una película americana, una comedieta grosero-simpática, intitulada en el reino Mal ejemplo (2008), protagonizada por Paul Rudd, el gilipollas de American Pie, y el crío gafotas de Supersalidos, donde todas las tramas se resuelven al final en la batalla de softcombat más grande jamás filmada, que no tiene nada que envidiarle a la carga Rohirrin de El Señor de los Anillos o al final de Alatriste.
Y ahora permitan que, mientras suena The Power of Thy Sword de Manowar, vaya ajustarle las cuentas a un Águila Roja. Quién necesita mujeres teniendo cinta americana.
El Pueblo de Albacete, 22 de enero de 2012
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15 enero 2012
La navaja que baila
Cuchillos y navajas hay muchos, pero pocos tienen la autoridad, la presencia, el halo de un balisong. Navaja de abanico, de mariposa…, su verdadero nombre proviene de las islas Filipinas, donde los expertos sitúan, si no su origen, sí a quienes lo han convertido en un emblema nacional desde hace más de un siglo.
El concepto del balisong es sencillo, un cuchillo que se guarda en sí mismo, por lo que gracias a sus dos empuñaduras móviles no necesita funda. Es el mismo principio de las navajas automáticas, con las que comparte algún que otro aspecto, como veremos más adelante. Mientras tanto, no nos llamemos a engaño, lo bonito de este chisme es sacarle la hoja haciendo florituras con una mano, rápidamente. Por eso es el favorito de los artistas marciales.
Un balisong estándar completamente desplegado debería medir 29 centímetros, por cierto, y según dónde tenga montado el clip de cierre puede ser del tipo “batangas”, si está en el lado del filo de la hoja, o “manila”, si está al contrario.
Existen muchas leyendas sobre el uso fabuloso del balisong de los guerreros de Filipinas. La más extendida es la del guerrero que venció a 29 enemigos con su “cuchillo desdoblado”; este número le dio el primer nombre al arma.
Posteriormente tomará el nombre definitivo de un pequeño barrio en la región de Bantangas, (sur de las islas de Manila) donde estaban especializados en la producción de este tipo de cuchillo; según los ancianos del lugar, el arte de la manufactura del balisong fue pasando de generación en generación.
Traducido del tagalo de forma literal “bali” significa romper y “song” se refiere al cuerno con el que se hacían las empuñaduras del arma, de lo que se deduce su significado. Cuando el cuchillo llegó a América, los de allí le dieron otra interpretación, más fonética. También se le conoce como batanga, o balison, sin g, en determinados países de Sudamérica.
Concluida la II Guerra Mundial, los marines destinados en el Pacífico introdujeron en los Estados Unidos este tipo de cuchillos. La mala fama le llegó en los años 50, debido al mal uso que le daban las pandillas de moteros de aquella época, hasta el punto de estar a punto de desaparecer, pues se la consideraba un arma peligrosa en manos de delincuentes. Más o menos, lo mismo que sucedió tres décadas después con las automáticas. Fueron los artistas marciales de los 70 y 80 los que le dieron un impulso al balisong a través del cine de kung fu y lograron reflotar el uso y la fabricación de estas herramientas.
Arma para la defensa personal, su manejo es sencillo, pero requiere práctica y mucho cuidado con la punta y el filo. Los libros de los expertos recomiendan comenzar a emplear una navaja tipo batangas.
Pocos se resisten, cuando tienen una en sus manos, a tratar de hacerla oscilar, balancear su hoja y sus brazos y hacerlos girar entre los dedos, igual que hemos visto hacer, a los malos, en las películas de acción.
El concepto del balisong es sencillo, un cuchillo que se guarda en sí mismo, por lo que gracias a sus dos empuñaduras móviles no necesita funda. Es el mismo principio de las navajas automáticas, con las que comparte algún que otro aspecto, como veremos más adelante. Mientras tanto, no nos llamemos a engaño, lo bonito de este chisme es sacarle la hoja haciendo florituras con una mano, rápidamente. Por eso es el favorito de los artistas marciales.
Un balisong estándar completamente desplegado debería medir 29 centímetros, por cierto, y según dónde tenga montado el clip de cierre puede ser del tipo “batangas”, si está en el lado del filo de la hoja, o “manila”, si está al contrario.
Existen muchas leyendas sobre el uso fabuloso del balisong de los guerreros de Filipinas. La más extendida es la del guerrero que venció a 29 enemigos con su “cuchillo desdoblado”; este número le dio el primer nombre al arma.
Posteriormente tomará el nombre definitivo de un pequeño barrio en la región de Bantangas, (sur de las islas de Manila) donde estaban especializados en la producción de este tipo de cuchillo; según los ancianos del lugar, el arte de la manufactura del balisong fue pasando de generación en generación.
Traducido del tagalo de forma literal “bali” significa romper y “song” se refiere al cuerno con el que se hacían las empuñaduras del arma, de lo que se deduce su significado. Cuando el cuchillo llegó a América, los de allí le dieron otra interpretación, más fonética. También se le conoce como batanga, o balison, sin g, en determinados países de Sudamérica.
Concluida la II Guerra Mundial, los marines destinados en el Pacífico introdujeron en los Estados Unidos este tipo de cuchillos. La mala fama le llegó en los años 50, debido al mal uso que le daban las pandillas de moteros de aquella época, hasta el punto de estar a punto de desaparecer, pues se la consideraba un arma peligrosa en manos de delincuentes. Más o menos, lo mismo que sucedió tres décadas después con las automáticas. Fueron los artistas marciales de los 70 y 80 los que le dieron un impulso al balisong a través del cine de kung fu y lograron reflotar el uso y la fabricación de estas herramientas.
Arma para la defensa personal, su manejo es sencillo, pero requiere práctica y mucho cuidado con la punta y el filo. Los libros de los expertos recomiendan comenzar a emplear una navaja tipo batangas.
Pocos se resisten, cuando tienen una en sus manos, a tratar de hacerla oscilar, balancear su hoja y sus brazos y hacerlos girar entre los dedos, igual que hemos visto hacer, a los malos, en las películas de acción.
El Pueblo de Albacete, 15 de enero de 2012
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